Cuando hablamos de moda, las referencias históricas y culturales nos llevan a París, Milán, Londres o Nueva York. Hemos aprendido a seguir sus temporadas, reconocer sus marcas y observar sus propuestas como señales de lo que viene, de lo que consideramos válido. Esa mirada ha formado a generaciones de profesionales, incluyéndome. Pero, ¿cuánto de ese aprendizaje responde a nuestra realidad?
En 2016, São Paulo Fashion Week dejó de identificar sus ediciones con las denominaciones habituales de otoño-invierno y primavera-verano. Según explicó su organizador, Paulo Borges, la decisión respondía al clima brasileño y buscaba acercar la presentación de las colecciones a los tiempos reales de venta. Es un ejemplo de cómo un sistema establecido puede replantearse según las condiciones de su propio mercado.
¿Qué podríamos replantearnos nosotros? ¿Desde qué climas, necesidades y formas de vida estamos diseñando? ¿Qué conocemos del lugar para el que creamos? ¿Qué podríamos replantearnos nosotros? ¿Desde qué climas, necesidades y formas de vida estamos diseñando? ¿Qué conocemos del lugar para el que creamos?
Nuestra relación con el vestir no comienza con las semanas de la moda. Los textiles ya estaban presentes en la vida cotidiana, comercial y ritual de las sociedades prehispánicas de este territorio. A esa historia se suman los conocimientos artesanales, las formas de producción, el desarrollo industrial y el trabajo de diseñadores.
También hay una industria que sostiene empleos y actividad económica. Según la Asociación de Industriales Textiles del Ecuador, AITE, el sector textil y de confección representó el 5,5 % del PIB manufacturero en 2022 y generó alrededor de 122.000 puestos de trabajo en 2023. Estas cifras muestran que la moda no pertenece solo al entretenimiento o a la imagen: también es trabajo, producción y una posibilidad concreta de desarrollar el mercado.
Quienes hemos trabajado cerca del diseño ecuatoriano conocemos propuestas que merecen atención. Hay diseñadores formados bajo las referencias globales de la moda que han sentido la necesidad de volver la mirada hacia su entorno. Sin embargo, mirar el territorio exige más que repetir que somos un país diverso. Implica conocer de dónde vienen los materiales y entender cómo el lugar que habitamos influye en nuestra manera de crear. Sus colores y texturas pueden inspirarnos, pero también sus tiempos, sus necesidades y las formas en que las personas organizan su trabajo.
Mirar lo que ocurre en otros países puede ayudarnos a anticipar problemas y formular mejores preguntas. En Francia, desde octubre de 2025, las marcas pueden participar voluntariamente en un sistema regulado que muestra el costo ambiental de sus prendas. En el estado de Nueva York, un proyecto legislativo todavía en trámite plantea exigir a determinadas empresas de moda identifiquen y divulguen a los proveedores de su cadena de producción y asuman responsabilidades ambientales. Son iniciativas distintas, pero ambas cuestionan cuánto sabemos sobre lo que compramos y qué responsabilidades tienen las empresas que lo venden. Estás también son tendencias del mercado de moda, pero ¿L¿las vamos a considerar más allá de lo estético?
¿Qué podemos aprender de esos procesos? ¿Tenemos el mismo nivel de exigencia para quienes producen aquí y para las marcas que ingresan al país? La competencia puede ser positiva, pero también debemos preguntarnos en qué condiciones se da y qué estamos haciendo para que sea justa.