jueves 29 de octubre de 2026
Opinión

La escuela en llamas y el contrato social en cenizas

La quema de escuelas en Francia desdibuja el reclamo por recursos, transformándolo en un ataque a la autoridad pedagógica y la esencia de la institución.

La escuela en la que pienso hoy es esa que ha quedado en cenizas tras las recientes manifestaciones estudiantiles en Francia. No hablo solo de las paredes calcinadas, los muros grafiteados o las ventanas rotas, sino de la institución que ha sido agredida en su esencia. Cuando los manifestantes bloquearon los accesos con basureros, incendiaron las entradas de los liceos (bachilleratos) y agredieron a decenas docentes y directivos, la protesta dejó de ser un reclamo motivado y justo por más recursos para las escuelas, para convertirse en un ataque contra la autoridad pedagógica.

La violencia es inaceptable: una cosa es salir a la calle a exigir salarios dignos para el personal escolar, mejor infraestructura para escuelas desatendidas, más docentes asignados a las escuelas y la reducción de la cantidad de estudiantes por aula. Y otra muy distinta es lanzar gasolina a directores y profesores, quemarlos, dispararles con armas de caza, boicotear las clases presenciales y virtuales en todos los niveles educativos.

Se trata sin duda de un estallido social liderado por la extrema izquierda donde el discurso ideológico y los enfrentamientos entre estudiantes y policías y el hostigamiento a quienes piensan diferente han dominado la protesta estudiantil.

El sabotaje a las escuelas y universidades francesas revela una profunda crisis de autoridad. El sabotaje a las escuelas y universidades francesas revela una profunda crisis de autoridad.

Es evidente que existen errores y aciertos en las políticas educativas de la última década que deben ser abordadas con escucha y participación de la comunidad educativa y los diferentes niveles de gobierno con mayor transparencia. Sin embargo, la violencia sin precedentes sobrepasa los límites de lo legítimo.

Lejos de ser una escuela opresora, el sistema educativo francés ha ampliado su matrícula acogiendo a migrantes y mejorando el sistema de acceso a la universidad (Parcoursup). Quienes protestan hoy son una generación que ha sido educada con más flexibilidad, menos repitencia, mayor oferta de materias y opciones de carrera. Pero es una juventud que desconoce el esfuerzo, el mérito y la jerarquía, que rechaza la función y la existencia de la escuela como institución fundamental de la democracia.

Tras la protesta, que no es comparable con el mayo del 68 porque en ese movimiento social no se atacaban las escuelas, no quedan derechos conquistados, sino un docente que debe regresar a su lugar de trabajo roto, sucio, sin materiales y con el temor de ser agredido física y verbalmente.

Todavía no hay un número oficial de cuánto costará reparar y reconstruir las más de 24 instituciones incendiadas y vandalizadas. Sin embargo, el verdadero costo sí se traslada a toda la sociedad ya que esta no solo funciona para el mercado o para el Estado. ¿Existen soluciones viables para salir de esta crisis educativa? La tarea es compleja cuando el contrato social ha quedado en cenizas.

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