La reelección de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil rompe la racha de victorias de la derecha en el continente. Desde que Donald Trump volvió al poder en Estados Unidos, en enero de 2025, la región ha seguido esos pasos en las urnas, en detrimento de los representantes de la izquierda de América Latina.
En una histórica remontada, Lula obtuvo 51,7% de los votos válidos contra 48,2% del derechista Flávio Bolsonaro en la segunda vuelta, el 25 de octubre de 2026. Venció a pesar de haber quedado dos puntos por debajo de su rival en la primera vuelta.
Con este resultado, el líder del Partido de los Trabajadores ejercerá un cuarto mandato presidencial, no consecutivo, que asumirá a partir del 5 de enero de 2027, tras vencer al hijo de Jair Bolsonaro, el expresidente preso por un intento de golpe de Estado.
El resultado de las votaciones devuelve a la izquierda un triunfo en las urnas en la región y evita que la mayor economía latinoamericana pase a manos de un aliado político de la derecha estadounidense, aunque hace poco el mandatario brasileño registró un 45,3% de aprobación y un 50,5% de desaprobación, según el ranking de octubre de 2026 de CB Global Data sobre presidentes de Latinoamérica.
Una victoria con límites internos en Brasil
El nuevo mandato de Lula comenzará con el poder dividido. Más allá de la corta diferencia que lleva al líder del Partido de los Trabajadores al poder, está el Congreso brasileño, que mantiene una presencia conservadora importante, lo que limita el margen del Ejecutivo para impulsar reformas.
De hecho, el actual es el parlamento más conservador en la historia del país desde el retorno a la democracia en 1985. El Partido Liberal, del conservador Bolsonaro, logró 121 de 513 escaños. Mientras que el Partido de los Trabajadores se adjudicó 88 puestos. El resto de la Cámara está en manos de representantes del centro, por lo que ninguna de las dos fuerzas tiene por sí sola una mayoría absoluta.
En el Senado Federal el movimiento de derecha obtuvo 29 de 81 escaños, frente a una decena lograda por el PT.
Y la división también está en el pueblo. Analistas y medios brasileños recogen las demandas ciudadanas por seguridad y alivio del costo de vida, asuntos que marcaron la campaña presidencial.
La reelección de Lula muestra que la tendencia conservadora regional no es irreversible.
Siete victorias conservadoras marcaron el mapa regional
Desde 2025, los triunfos de candidatos conservadores configuraron una tendencia en las elecciones presidenciales de América Latina. La lista incluye a José Antonio Kast, en Chile; Daniel Noboa, en Ecuador; Rodrigo Paz, en Bolivia; Nasry Asfura, en Honduras; Laura Fernández, en Costa Rica; Keiko Fujimori, en Perú; y Abelardo de la Espriella, en Colombia.
En estos países, los resultados electorales llevaron al poder a candidatos de derecha o extrema derecha, o consolidaron gobiernos de esa tendencia. La secuencia coincidió con el regreso de Trump al Gobierno estadounidense y con su apuesta por estrechar relaciones con mandatarios que comparten posiciones conservadoras en asuntos de seguridad, migración y política exterior.
La victoria de Lula rompe esa continuidad, aunque no constituye un nuevo giro regional hacia la izquierda. El mapa político sigue dividido y cada país responde a sus propias condiciones económicas, sociales y electorales.
Brasil cambia el equilibrio entre las principales economías
El resultado brasileño tiene un peso que va más allá de la disputa entre Lula, de 81 años, y el bolsonarismo. Brasil es la mayor economía y el país más poblado y grande de América Latina.
Su Gobierno tiene capacidad de incidencia en los organismos multilaterales, en los acuerdos comerciales y en los espacios de integración regional.
Con Lula en el poder y Claudia Sheinbaum en México, dos de las principales economías de la región continúan bajo gobiernos de izquierda. Ambos mandatarios han defendido la soberanía nacional y mantienen vínculos con espacios de cooperación distintos de los impulsados por Washington, como el plan Escudo de las Américas, que une a 14 gobiernos, y es criticado por el brasileño.
La continuidad de Lula también mantiene a Brasil en una posición de autonomía frente a las iniciativas de Trump. El mandatario brasileño ha promovido relaciones con China y con el bloque de los BRICS, integrado por economías emergentes, y ha defendido que Brasil decida su política exterior sin alinearse de forma automática con una potencia.
Sin embargo, sus relaciones con Estados Unidos también están atravesadas por intereses comerciales y de seguridad. Aunque en septiembre, en la Asamblea General de las Naciones Unidas ya advirtió que "Brasil no cabe en el patio trasero de nadie".
La relación con Trump, un frente que seguirá abierto
La victoria de Lula complica los planes de Washington de sumar a Brasil a una coalición regional contra los carteles y de ampliar su acceso a minerales estratégicos brasileños. También deja pendientes las negociaciones comerciales entre ambos países, marcadas por los aranceles estadounidenses del 25% aplicados a la mayor parte de productos brasileños, en vigor el 22 de julio de 2026, y por las diferencias políticas entre los dos gobiernos.
Sin embargo, el resultado electoral no implica una ruptura automática de las relaciones diplomáticas entre Brasil y Estados Unidos. Ambos países tienen intereses económicos y de seguridad que requieren negociación. Lula ha mantenido contactos con Trump y deberá gestionar una relación bilateral en la que el comercio, los minerales críticos y la cooperación contra el crimen organizado son temas que seguirán sobre la mesa.