Entre el 12 y el 26 de noviembre de 2026, Ecuador tendrá 45 debates electorales obligatorios: 21 para prefecturas y 24 para alcaldías. Se realizarán en jurisdicciones con más de 100.000 electores, a pocos días de las elecciones del 29 de noviembre. Son 15 días en los que miles de ciudadanos tendrán la oportunidad de conocer, contrastar y cuestionar las propuestas de quienes aspiran a gobernar sus territorios.
El formato busca ir más allá del candidato frente a un atril, repitiendo las promesas de su plan de trabajo. El manual del Consejo Nacional Electoral establece cuatro ejes temáticos.
En el primero y el cuarto, los candidatos formularán preguntas entre sí; en el segundo y tercero, las interrogantes estarán a cargo del Comité Nacional de Debates. En el primero y el cuarto, los candidatos formularán preguntas entre sí; en el segundo y tercero, las interrogantes estarán a cargo del Comité Nacional de Debates.
Los sorteos públicos definirán ubicaciones, horarios y el orden de las intervenciones.
Pero las reglas, por sí solas, no garantizan un buen debate. Su verdadero valor estará en la capacidad de llevar la discusión a los problemas cotidianos. Porque gobernar un cantón o una provincia no consiste en repetir grandes discursos nacionales, sino en responder por el agua, la recolección de basura, la movilidad, el mantenimiento vial o los servicios que afectan directamente a la población.
Frente a una promesa de seguridad, por ejemplo, habría que preguntar qué acciones corresponden realmente al gobierno local, cuánto costarán y de dónde saldrán los recursos. La ciudadanía necesita respuestas verificables, no solamente frases contundentes.
Hay, además, un desafío que trasciende el escenario. Hoy un debate se desarrolla en tres espacios: la transmisión en vivo, la revisión posterior de las afirmaciones y los fragmentos que circulan en redes sociales. Una respuesta de treinta segundos puede alcanzar a personas que nunca vieron el encuentro completo. Y un momento de tensión puede adquirir mayor visibilidad que una propuesta bien argumentada.
El reciente debate presidencial brasileño del 23 de octubre, entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, dejó una muestra de esa dinámica. Bolsonaro recurrió a ejemplos sobre el tamaño de productos de consumo cotidiano para cuestionar el poder adquisitivo. Lula defendió los resultados económicos de su gobierno. Algunas de las afirmaciones del primero fueron posteriormente cuestionadas por verificadores. El episodio recuerda que un argumento puede resultar convincente frente a las cámaras y, aun así, necesitar comprobación.
Ese es precisamente el riesgo del debate convertido en espectáculo: confundir impacto emocional con solvencia para gobernar. Ese es precisamente el riesgo del debate convertido en espectáculo: confundir impacto emocional con solvencia para gobernar.
La frase que mejor circula no siempre es la propuesta más viable.
¿Cómo aprovechar entonces estos 45 encuentros? Propongo observar cuatro aspectos: claridad sobre las prioridades de los primeros cien días, coherencia entre trayectoria y promesas, capacidad para responder bajo presión y conocimiento de los recursos y competencias del cargo al que se aspira.
Los candidatos deberán demostrar que conocen el territorio que pretenden administrar. Y quienes observamos tenemos también una responsabilidad: escuchar, contrastar y no quedarnos únicamente con el video que más se comparte.
Un debate no necesariamente cambia una decisión electoral, pero puede aportar información para tomarla con mayor criterio. Esa debería ser la verdadera medida de su éxito: no cuántos clips produce, sino cuántas preguntas ayuda a responder antes de llegar a las urnas.