En una época en que la animación digital roza la perfección industrial y todo se ve igual, 'El bosque salvaje' (o 'Wildwood'), de estreno en Ecuador, es una propuesta revolucionariamente artística que se siente real. Texturas, gestos, escenarios y objetos se han construido con tanto detalle que es imposible no maravillarse ante esta película del estudio Laika.
Pocos estudios de animación pueden preciarse de mimar a sus producciones como Laika, que sorprendió al mundo con 'Coraline' en 2009 y que ha estado cerca del Óscar de animación con esa película y también con:
- ParaNorman (2012)
- Los Boxtrolls ('The Boxtrolls', 2014)
- Kubo y las dos cuerdas mágicas ('Kubo and the Two Strings', 2016)
- Mr. Link: El origen perdido ('Missing Link', 2019)
Toda son obras maestras, no solo del stop-motion (o animación en volumen), sino del cine a secas. Brillantes. Colosales. Algunas, con un toque oscuro que casi roza el horror.
Pero 'El bosque salvaje' sube la apuesta porque se trata de la película más ambiciosa del género. Con 231 marionetas, 136 escenarios y 131 minutos de duración, 'Wildwood' ya es la película de animación stop-motion más larga de la historia. Y las quinielas ya la ponen para el premio Oscar de su categoría.
La trama de una película épica
La trama, basada en la novela de Colin Meloy, escapa a los maniqueísmos de Disney. Cuando una bandada de cuervos secuestra a su hermano pequeño, Prue McKeel (que acaba de cruzar el umbral de la niñez a la adolescencia) se ve arrastrada hacia un reino secreto dentro de un bosque encantado.
Allí descubrirá un territorio fascinante, pero hostil, habitado por criaturas que hablan, bandos enfrentados y personajes grises que escapan de cualquier clasificación simple entre el bien y el mal.
El bosque, su diseño y concepción, se lleva las palmas. El director Travis Knight y su equipo construyeron un escenario imponente, hermoso, pero también amezante, ideal para desarrollar esta historia que bebe de los cuentos de hadas (de los de antes) y de la fantasía épica. Hay violencia. Hay desazón. Hay culpa.
El final, aunque se adivina, de todos modos también resulta desconcertante y a tono con la sensibilidad de la protagonista, la valiente Prue McKeel, que creyó que al crecer iba a encontrar las respuestas, pero solamente encontró más preguntas. Madurar, le dicen.