El Pichincha ha sido para mí, y estoy segura que para la mayoría de habitantes de Quito, nuestro principal referente geográfico y de ubicación. Cuando me fui a vivir por primera vez fuera del país, a una ciudad costera, me sentí tan perdida pues no tenía idea de cómo diferenciar el norte del sur o el este del oeste. La gente solía decirme, cuando sales del metro, caminas un par de cuadras al norte, y yo salía y me quedaba paralizada tratando de decidir a dónde tenía que ir. Entonces, salía con bastante anticipación porque ya sabía que me iba a perder (evidentemente estoy hablando de la prehistoria cuando aún no teníamos teléfonos con GPS).
Nunca antes de este viaje me había puesto a pensar qué importante era para mí el Pichincha y las montañas que rodean a Quito.
Hace unos días fuimos con mi familia al Centro Histórico a uno de los recorridos teatralizados de Quito Eterno y recordé que una de las razones por las cuales los Incas escogieron el valle de Quito para asentarse fue precisamente porque se encontraba rodeado de montañas.
Además, aprendí que son apus (espíritus mayores) que nos cuidan y que funcionan como puente que enlaza el mundo terrenal (Kay Pacha) con el mundo espiritual (Hanaq Pacha). Para mí, una de las mayores conexiones que tengo con Quito son sus montañas, especialmente el Pichincha.
Desde la iniciativa Quito Como Vamos, un observatorio ciudadano que mide la calidad de vida, nos ha interesado saber qué es lo que hace que la gente se sienta orgullosa de ser quiteña. Desde el 2020 preguntamos todos los años, a través de una encuesta, sobre el orgullo de ser quiteño. La cifra siempre es alta, la más baja ha sido 70 % (en 2020) y la más alta 82 % (en 2025). Desde el año pasado empezamos a preguntar el por qué y la primera respuesta es el patrimonio histórico y cultural (61 % en 2025, 45 % en 2026). Otras respuestas relevantes incluyen a la geografía, la calidad de vida y la gente.
Asimismo, estas cifras tanto de orgullo como de las razones, no varían sustancialmente por grupos etarios, sexo o nivel socio económico. Asimismo, estas cifras tanto de orgullo como de las razones, no varían sustancialmente por grupos etarios, sexo o nivel socio económico.
A mi estas cifras me parecen muy poderosas. Tal vez nos dicen que, a pesar del crecimiento acelerado de la ciudad y la expansión de la mancha urbana, un joven que vive en Carapungo sí tiene algo en común con una adulta mayor que vive en La Mariscal, un padre de familia de Guamaní, una estudiante universitaria de Tumbaco y una madre de familia en Alangasí.
El ritmo de vida acelerado, el estrés de la movilización por la ciudad, la preocupación por llevar el pan a casa cada día y el miedo de salir en determinados momentos, nos han hecho olvidar que es mucho más lo que nos une como quiteños que lo que nos diferencia. El orgullo que sentimos por esta bella ciudad no borra que estemos preocupados por su rumbo pero es un poderoso recordatorio de que tanto los que hemos nacido aquí, como los que han migrado, lo hemos hecho por razones que nos atan a este territorio de manera permanente.
¡Qué mejor base que esta para reforzar nuestro amor por Quito y nuestro compromiso de cuidarla y cuidarnos, como lo hace el Pichincha!
Y tú, ¿por qué te sientes orgullosa u orgulloso de ser de Quito?