Durante las décadas de los ochenta y noventa, hablar de la política de Quito y Guayaquil significaba referirse a figuras y partidos políticos con un lugar asegurado en la preferencia de los electores, marcando una era de hegemonía y continuidad.
El escenario de Quito y Guayaquil ahora es más abierto y fragmentado. Candidatos y alianzas pesan más que los partidos políticos considerados 'tradicionales'.
Durante las décadas de los ochenta y noventa, hablar de la política de Quito y Guayaquil significaba referirse a figuras y partidos políticos con un lugar asegurado en la preferencia de los electores, marcando una era de hegemonía y continuidad.
La desaparecida Democracia Popular y la Izquierda Democrática forjaron gran parte de su trayectoria política en la capital; en Guayaquil, el Partido Social Cristiano (PSC) sostuvo un control municipal por más de tres décadas.
En 2026, a las puertas de un proceso electoral, el escenario es distinto. Las dos ciudades concentran la mayor cantidad de votantes, pero ninguna tiene una organización política que pueda asegurar una continuidad como la que tuvieron esos partidos en el pasado.
El cambio no se explica únicamente por la aparición de nuevas figuras, sino también por la transformación de los partidos y de la manera de hacer política en las ciudades.
Durante los años ochenta y noventa, la política quiteña estuvo marcada por la Democracia Popular y la Izquierda Democrática. Eran organizaciones con estructuras internas, dirigentes y espacios de formación. Según el analista político Juan Rivadeneira, esos partidos no solo aparecían para competir en elecciones: también permitían construir carreras políticas, con miras, incluso, a la Presidencia de la República.
Un dirigente podía comenzar en un cargo local, pasar por el Legislativo y proyectarse hacia otros espacios de poder. En Quito, además, la Alcaldía se convertía en una plataforma para una carrera nacional.
Esa continuidad comenzó a romperse con la crisis general del sistema de partidos que atravesó Ecuador a finales del siglo XX. La crisis económica y financiera, cuyo punto más grave fue el feriado bancario (una crisis del sistema financiero nacional en 1999) se sumó a una pérdida de confianza en las organizaciones políticas y en sus liderazgos.
El analista político Santiago Basabe recuerda a Jamil Mahuad como una figura que representa ese modelo de liderazgo partidista en Quito. Mahuad llegó a la Alcaldía de la mano de la Democracia Popular en 1992 y fue reelegido en 1996. Dejó el cargo en 1998 para convertirse en presidente de la República.
Después, la Izquierda Democrática tomó el relevo con Paco Moncayo, quien ganó las elecciones para la alcaldía municipal en dos ocasiones y completó dos periodos, de 2000 a 2008.
A partir de entonces se abrió una etapa en la que organizaciones políticas como la Revolución Ciudadana (antes Alianza PAIS), SUMA y Unión Ecuatoriana comenzaron a disputar el voto quiteño. Desde 2014, cuatro personas y tres organizaciones políticas diferentes pasaron por la Alcaldía capitalina.
En 2014 ganó Mauricio Rodas, de SUMA. En 2019 triunfó Jorge Yunda, de la mano del movimiento Unión Ecuatoriana, creado por el exfiscal general Washington Pesántez y que desapareció en 2021.
La gestión de Yunda terminó antes de completar el periodo, después de que el Concejo Metropolitano lo removiera en 2021 alegando incumplimiento de funciones. Entonces, Santiago Guarderas asumió la Alcaldía hasta 2023. Él había compartido la papeleta con Yunda en las elecciones de 2019 y fue elegido concejal en esos comicios.
En 2023 llegó Pabel Muñoz, de Revolución Ciudadana, quien obtuvo el 25,18% de los votos. El resultado también mostró la fragmentación del electorado: Jorge Yunda alcanzó el 22,20% y Pedro Freile, del Partido Socialista Ecuatoriano, obtuvo el 21,97%.
Esto muestra que los cambios no están solamente en los nombres. Está en la falta de continuidad de una misma organización en el poder. Para Basabe, la pérdida de peso de los partidos en Quito también está relacionada con la desaparición de liderazgos partidistas capaces de representar a una organización durante varios años.
La situación de Guayaquil es distinta. La ciudad se mantuvo de 1992 a 2023 bajo el control del Partido Social Cristiano (PSC) en la Alcaldía, consolidando su poder.
El PSC llegó a la Alcaldía con León Febres-Cordero en 1992 y mantuvo el control municipal con Jaime Nebot y, posteriormente, Cynthia Viteri, forjando un legado. El partido ganó seis elecciones consecutivas entre 1992 y 2019.
Durante años, el PSC no fue una organización electoral. Construyó una identidad política asociada a la ciudad y a su administración municipal, creando un vínculo con los ciudadanos.
La caída del PSC llegó en 2023, cuando Aquiles Alvarez, candidato de Revolución Ciudadana, ganó la Alcaldía y terminó con una etapa de más de tres décadas de alcaldías socialcristianas.
Guayaquil representaba para el PSC el último bastión, luego de perder el poder político en la región Costa.
Basabe considera que una de las dificultades del PSC fue la renovación de sus cuadros. Nebot, según el analista, representó un tipo de dirigente que se había formado dentro de la estructura partidista, mientras que después el partido tuvo menos capacidad para formar nuevos liderazgos con esa misma trayectoria.
En Ecuador, la caída de los partidos tradicionales no se explica únicamente porque aparecieron nuevos movimientos o actores. También cambió la forma de hacer carrera política, coinciden los analistas consultados.
Rivadeneira explicó que las organizaciones políticas de décadas anteriores tenían estructuras internas, espacios de formación y, en algunos casos, apoyo técnico internacional para elaborar sus propuestas. La militancia podía convertirse en una carrera que llevaba de cargos menores a posiciones de mayor responsabilidad política, tanto en el ámbito local como en el nacional.
Hoy esa ruta es menos frecuente. Basabe sostiene que las propias reglas electorales desincentivan la construcción de militancia.
Su argumento es que una persona puede llegar a una candidatura sin haber pasado años dentro de una organización, lo que reduce los incentivos para construir una carrera partidista.
Por eso, el cambio puede resumirse de una manera sencilla: antes, en muchos casos, el partido formaba al candidato. Ahora es más frecuente que el candidato busque al partido o movimiento que le permita competir.
La llegada de Rafael Correa y Alianza PAIS marcó otro punto de quiebre en la política ecuatoriana, profundizando tendencias previas.
Ambos analistas coinciden en que la crisis partidista ya existía, no solo en Ecuador sino en el mundo. Rivadeneira ubica ese bache junto con los problemas económicos y financieros de finales de los noventa y la pérdida de liderazgo de las organizaciones tradicionales.
Después apareció un modelo de liderazgo mucho más concentrado en una persona: Correa, quien, según Basabe, fue la figura que estuvo en el momento y en el lugar correctos para capitalizar el descontento a su favor.
Basabe también pone parte de la explicación en el diseño institucional construido durante la etapa del correísmo, entre 2007 y 2017.
A su juicio, las reglas terminaron favoreciendo la existencia de numerosas organizaciones electorales pequeñas y dificultaron la consolidación de partidos con estructuras estables.



