domingo 01 de noviembre de 2026
Opinión

El caso Briz López

El caso Briz López fue el punto de inflexión del terrorismo y la criminalidad en Ecuador, marcando el inicio de una era de violencia que persiste hasta hoy.

Óscar Vela
Escritor, doctor en Jurisprudencia y abogado. Es autor de diez novelas. Desde marzo de 2019, Oscar Vela es Académico Correspondiente de la Academia Ecuatoriana de la Lengua Española. En 2018, el I. Municipio del Distrito Metropolitano de Quito le otorgó el Premio Aurelio Espinosa Pólit 2018 por el conjunto de su obra literaria.

Los que nacimos hacia finales de la década de los años sesenta éramos niños todavía cuando la sociedad ecuatoriana se estremeció por el siniestro asesinato del empresario José Antonio Briz López. Aún recuerdo el miedo que nos infundía entonces la publicidad gubernamental en televisión, que mostraba a los criminales en imágenes que hoy resultarían opacas y arenosas, pero que, en aquel momento, cuando ya había transmisiones a color, resultaban impactantes.

El Consejo Supremo de Gobierno ofreció una recompensa a quienes proporcionaran pistas sobre los implicados en el caso. Se vivía el coletazo de la represión y muerte de decenas de personas en el ingenio azucarero Aztra, a consecuencia de la represión de la fuerza pública en la huelga general de trabajadores de la empresa. También se preparaba la transición hacia un gobierno constitucional, que llegaría con la elección de Jaime Roldós en 1979.

En ese contexto, a pesar de los hechos violentos señalados, el país vivía una época de relativa seguridad. Quizá fue esa percepción —la de un niño de nueve años que no sentía ni conocía la criminalidad sino en casos muy esporádicos y lejanos, nunca tan brutales y próximos como el de Briz López— la que convirtió aquella noticia y sus imágenes espeluznantes en el origen de varias noches de pesadillas.

El secuestro del empresario se produjo en la intersección de las avenidas Amazonas y República, la noche del 29 de noviembre de 1977. Se dice que el verdadero sujeto del secuestro habría sido un tío de José Antonio, Arsenio Briz Sánchez. Sin embargo, el destino, que ya se había ensañado años antes con los hermanos Briz López por el fallecimiento de sus padres en un accidente de aviación en las Islas Canarias, mostraría su rostro más cruel ante esa familia.

La víctima fue trasladada al sector Majagua, Manabí, donde lo retuvieron durante varios días a la espera del rescate exigido por los secuestradores: cuarenta mil dólares y cinco millones de sucres, todo en efectivo, que debían ser entregados por medio del cardenal Pablo Muñoz Vega. Allí es donde esta historia macabra empieza también a volverse nebulosa, pues la primera carta exigiendo el rescate fue entregada en la iglesia de El Belén. Más tarde, la religiosa sor Francisca López Monsalve, recibió otra carta con las mismas instrucciones.

Días después, sor Francisca, en coordinación con el cardenal y la policía, viajó a Cuenca con el maletín que contenía, presuntamente, el dinero del rescate. Días después, sor Francisca, en coordinación con el cardenal y la policía, viajó a Cuenca con el maletín que contenía, presuntamente, el dinero del rescate.

Al parecer, los criminales descubrieron el plan de la policía y, el 12 de diciembre de 1977, en el atrio del Colegio de las Mercedarias de Quito, se encontró una caja de cartón con la cabeza de José Antonio Briz López.

Los principales sindicados por el caso fueron apresados y juzgados, pero, tras fugarse del penal García Moreno, continuaron en la lucha armada tanto en Colombia como en Ecuador. En los años siguientes surgieron grupos insurgentes como Alfaro Vive o Montoneras Patria Libre. Décadas después, nos convertimos en esta nación azotada por las mafias del crimen organizado.

Nuestra generación posiblemente recordará el caso Briz López como el origen del terrorismo y de la criminalidad en un país que parecía —o pretendía ser— una isla de paz y que, tal vez, dejó de serlo o, en realidad, nunca lo fue.

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