Hace un par de años, tras un viaje a París y un encuentro fortuito con el libro de Enrique Vila-Matas, París no se acaba nunca, afirmé en un artículo, tal como lo hacía el renombrado escritor al final de su obra que, en efecto, París nunca se acaba, pues siempre se la añora y se la evoca y se la sueña en su esplendor, en su belleza única e incluso en la fealdad y el desorden -y la magia- de ciertas calles y barrios que, como todo lo creado por el hombre, tienen tanto de luz como de sombras.
Hemingway decía en sus memorias de juventud, tituladas en español París era una fiesta, que «Si tuviste la suerte de haber vivido en París como joven, luego da igual a dónde vayas el resto de tu vida, la ciudad sigue para ti a donde vayas, porque París es una fiesta móvil».
Hoy esa París convulsionada, que arde y llora y que ya no se reconoce a sí misma, nos espeluzna y nos desalienta. Hoy esa París convulsionada, que arde y llora y que ya no se reconoce a sí misma, nos espeluzna y nos desalienta.
La invasión islámica de Francia y de otras naciones europeas ya es un hecho innegable, perturbador y alarmante. Michel Houellebecq predijo este escenario en su novela Sumisión, 2015, publicada justamente el día de los ataques en el semanario Charlie Hebdo. Aquella pesadilla ficcional, se ha convertido en la espantosa realidad de la que apenas hemos visto unas pocas muestras, las que nos ofrece cierta prensa independiente, pues hay otra comprometida con las oscuras causas de estos actos que intentan ocultar el terror o justificarlo con una pátina falaz de revolución para los terroristas, teócratas extremistas, vándalos y agresores, cobijados por banderas ajenas a la nación francesa y embozados con las máscaras falsas de una libertad y unos derechos en los que ni creen ni les convienen ni les interesan, ya que son tan solo las marionetas de quienes persiguen el hundimiento de occidente: Hamás, Hezbolá, Isis, Boko Haram, entre otros.
Lo que no vemos desde este lado del mundo, o no lo vemos en su total dimensión, es el miedo que vive la población francesa, ocupada y amenazada por una minoría de migrantes que no han llegado a los territorios europeos para salir de la pobreza y sacar adelante a sus familias, como muchos otros han hecho desde tiempos inmemoriales, sino para ser parte de esa guerra silenciosa, metódica y progresiva contra Europa.
Las últimas revueltas de estos días, cada vez más violentas, se pretenden justificar con ataques contra edificios históricos como el Ayuntamiento de Limoges o las amenazas contra Notre Dame, el museo de Louvre o la iglesia de San Luis de los Inválidos. Hay incluso quienes piden la liberación de Ibrahim Alisaoui, un migrante que mató a tres personas en una iglesia en Niza, para aplacar las revueltas.
Por supuesto, las intenciones son otras. Se busca y se ansía alcanzar la islamización de Europa y el exterminio o conversión de los “infieles”, y para esta guerra se utiliza tantos tontos útiles como sea posible encontrar en una extrema izquierda embobada y estupidizada con las banderas y los hiyab, con los okupas y esa voz: haram; sin enterarse, al parecer, de que serán ellos -los ajenos infieles que han entronizado al islám más radical- los primeros en verse con la soga al cuello frente a una multitud que los repudiará públicamente por pretender bailar, reír, alzar la voz o besarse, ahora que París ya no es una fiesta.