Para muchos estudiosos, es increíble que un personaje de la talla de José Joaquín de Olmedo no haya logrado ser presidente de la República del Ecuador. El líder principal de la Revolución del 9 de Octubre de 1820 sí estuvo cerca de asumir el cargo, pero al final se quedó al margen del Palacio de Carondelet.
Cuando Ecuador se separó de la llamada Gran Colombia en 1830, Olmedo era probablemente la figura civil más prestigiosa de Guayaquil. Había presidido el Gobierno de Guayaquil durante la etapa inicial de la Independencia y gozaba de una enorme autoridad política e intelectual.
Sin embargo, el Congreso Constituyente de 1830 eligió a Juan José Flores como primer presidente y a José Joaquín de Olmedo como vicepresidente. Además, Olmedo renunció a ese cargo (¡es el primer vicepresidente que no completa el período en la Historia de Ecuador!) porque el trastado hacia Quito le fastidiaba.
José Joaquín de Olmedo rechaza la Presidencia
Más adelante, tras la crisis del primer gobierno de Flores, Olmedo intervino de nuevo en la política nacional. En 1835 fue diputado por Guayaquil y presidió la Convención Nacional de Ambato, que redactó una nueva Constitución.
Olmedo tenía partidarios que querían llevarlo a la Presidencia. Una carta suya a Flores, fechada el 30 de julio de 1835, lo demuestra. En ella escribió que varios constituyentes lo habían presionado para que aceptara "esa terrible carga", pero rechazó el ofrecimiento.
La Convención terminó eligiendo a Vicente Rocafuerte, uno de sus amigos y aliados políticos. El propio Olmedo presidió aquella Convención. Los registros de la Asamblea Nacional confirman su papel como presidente de la Asamblea Constituyente de 1835.
Una tercera oportunidad que se esfumó
Una nueva oportunidad se presentó en 1845, tras los hechos de la Revolución Marcista que puso fin a la era de Flores.
Olmedo integró junto con Vicente Ramón Roca y Diego Noboa el Gobierno Provisional y, cuando se reunió la Asamblea Constituyente en Cuenca, su nombre volvió a aparecer para la Presidencia.
No obstante, Roca obtuvo la mayoría de votos y Olmedo, pese a su enorme prestigio, se quedó sin el sillón presidencial y así se consumó una de las ironías más grandes de la historia de Ecuador: el hombre que había sido una de las figuras fundamentales de la independencia de Guayaquil, que presidió la primera Asamblea Constituyente ecuatoriana y que participó en la creación del nuevo Estado, nunca ocupó la Presidencia.