Y si el perreo tiene una universidad, pues la lectura puede ser una fiesta, ¿no?
Una en la que los y las asistentes, amantes de la lectura o que recién están empezando a leer, comparten un mismo espacio, llevan el libro que quieran y lo leen por un tiempo determinado. Isabel Heredia, que junto a su hermana Malú son las propietarias de la librería Bookish, toma la palabra a las 18:00 del último miércoles de agosto de 2026, en Sal, un restaurante especializado en papas, salchipapas, ensaladas y opciones veganas.
—“Vamos a empezar en unos minutos, estamos esperando que lleguen algunas personas que se inscribieron”—dice ella.
Todo tipo de libros
En Sal se han realizado estas fiestas desde julio de 2026; las sesiones suceden una vez al mes y la inscripción es de 5 dólares, dos van para Bookish y tres se consumen en el local.
Aquí, al norte de Quito, en la calle Tomás de Berlanga, en medio de mesas y asientos de color naranja con formas circulares, en las que pronto se servirán papas fritas y bebidas para acompañar la lectura, ya hay personas esperando con ejemplares de ‘Circe’, de Madeline Miller; de ‘Pedro Páramo’, de Juan Rulfo; de ‘El diablo”, de Giovanni Papini y de ‘El problema de los tres cuerpos’, de Cixin Liu en sus manos.
Los libros y la lectura son los protagonistas de las Silent Reading Party. / Foto: Diego Valladares
Sí, en una fiesta de lectura se pueden leer un ensayo filosófico y religioso sobre el diablo, un clásico de la literatura latinoamericana y una de las joyas de la ciencia ficción contemporánea. Esto mientras por los parlantes del local suena música jazz y bossa nova.
Una hora de lectura silenciosa
Las Silent Reading Party nacieron hace más de 20 años, gracias a un grupo de amigos en Seattle, Estados Unidos. Tres críticos del periódico The Stranger, Christopher Frizzelle, Annie Wagner y Brendan Kiley tuvieron una idea una noche después del trabajo: en lugar de irse cada uno por su lado a leer lo que tenían en casa, se juntaron a leer juntos, con algo de whisky, queso, chocolate e higos. Era 2005 cuando empezaron a hacerlo.
Pero esto adquirió otro nivel cuando, en 2009, el Hotel Sorrento de Seattle celebró sus 100 años, Frizzelle fue consultado sobre qué actividad novedosa se podía hacer y recomendó que festejen con una versión de estas reuniones, pero a un nivel fastuoso.
A los directivos del hotel les encantó la idea y ofrecieron el mejor salón para organizar la primera Silent Reading Party. Fue tal la recepción de la iniciativa que se convirtió en un evento habitual, que contagió al resto del mundo.
Todos los inscritos ya están en Sal. Kenji Sandoval es una de las dueñas del local y le encanta leer. Si hay algo que celebra de estos eventos es que la gente vaya de forma periódica y que comiencen a crecer amistades: “Si leer es una actividad que se realiza individualmente, al hacerlo entre más personas se abre la oportunidad de conocer a otros con gustos parecidos a los tuyos”.
Anne Rice y salchipapas en una edición de la Silent Reading Party en Sal. / Foto: Diego Valladares.
La comunidad de los lectores
Isabel Heredia vuelve a tomar la palabra y explica la dinámica de la sesión.
—Durante una hora vamos a leer en silencio. Yo les aviso cuando se cumpla el tiempo. De ahí, cada uno va a decir su nombre y nos va a contar sobre el libro que leyó.
Entonces empieza la lectura. Se abren ediciones de ‘Farenheit 451’, de Ray Bradbury; ‘La niña que miraba los trenes partir’, de Ruperto Long; ‘El Príncipe”, de Nicolás Machiavello, ‘Manuela’, de Luis Zúñiga, y ‘La librería de los viernes’, de Sawako Natori, entre otros. Nadie habla, solo leen.
A veces alguien se lleva algo de comer a la boca o se levanta a colocar salsa en su plato o para ir al baño. No se trata de quedarse congelados, sino de meterse de lleno en la lectura y de no interrumpir al resto.
“Empezamos a hacer las Silent Reading Parties por varias razones”, dice Malú Heredia. “Una, porque creemos que leer puede ser una actividad que se puede hacer en comunidad. La otra es que nos gusta que la gente vea a otras personas leer, para que eso también los motive a hacer lo mismo”, explica.
Ya son casi tres años desde que empezaron a organizar este tipo de reuniones en la ciudad. Las han hecho principalmente en restaurantes y cafeterías independientes en diversas zonas de Quito: La Floresta, la Vicentina, Cumbayá y el Valle de los Chillos; incluso hicieron una sesión en el metro de la ciudad, como una activación como parte de la Feria Internacional del Libro de Quito de 2025.
Libro, lápiz, separador y ganas de leer: los ingredientes necesarios para una Silent Reading Party. / Foto: Diego Valladares.
Después de leer
La hora termina y uno a uno, los 17 asistentes empiezan a hablar. Alguien dirá poco, otra persona se tomará su tiempo para explicar por qué le apasiona el libro que leyó. “Este libro me recuerda a mi padre, que murió hace varios años”, dirá otra lectora y esa vulnerabilidad se respeta porque ahí se comparte algo profundo e íntimo.
“Compartir algo tan simple como la lectura es algo poético”, dice Melanie Pozo. Es la segunda vez que ella va a una de estas reuniones y ya se siente parte de este grupo. Para ese día llevó algo tranquilo, ‘Alas de ensueño’, de Anna Bright, una novela ambientada en el universo de las hadas de Disney.
Cuando intervino en la plenaria dijo que había escogido ese libro porque venía de leer en seguidilla ‘La vegetariana’, de la premio Nobel Han Kang, y ‘Cadáver exquisito’, de Agustina Bazterrica, por lo que necesitaba algo más ligero.
Los asistentes al Silent Reading Party en Sal, al norte de Quito, leen libros físicos y tablets / Foto: Diego Valladares
¿Por qué lo hace? ¿Por qué está ahí, leyendo junto a otras personas? Ella tiene una respuesta precisa: “No hay persona más ignorante que la que no quiere leer”. Eso es suficiente.