Fernanda (nombre protegido) salió de su casa con un hematoma de siete centímetros en la cabeza que, cuenta, le provocó su padre. Pero esa no fue la primera agresión. La violencia física y psicológica llevaba años instalada en su familia.
Una mujer soportó durante años la violencia de su padre. Otra huyó con sus hijos y durmió en la calle. En una casa de acogida de Quito, ambas intentan reconstruir sus vidas.
Fernanda (nombre protegido) salió de su casa con un hematoma de siete centímetros en la cabeza que, cuenta, le provocó su padre. Pero esa no fue la primera agresión. La violencia física y psicológica llevaba años instalada en su familia.
Insultos, descalificaciones, golpes, eran parte de su día a día. Cinco años atrás incluso sufrió un accidente relacionado con uno de sus intentos de huir de ese entorno violento.
Al mirar hacia atrás, Fernanda reconoce que a pesar de vivir un infierno se quedó: “Decidí naturalizarlo”, cuenta a Diario HOY. Hasta que un día se decidió y escapó del maltrato, a pesar del precio familiar que eso significó.
Su hermana mayor, que es psicóloga, la ayudó a buscar un lugar donde pudiera quedarse. Fernanda quería encontrar un espacio “donde sanar”. Así llegó a la Casa de la Mujer, un lugar de acogida temporal para mujeres sobrevivientes de violencia de género en Quito, cuya ubicación se mantiene reservada por seguridad de las habitantes. Lleva allí más de dos meses.
Cuando llegó, Fernanda estaba deprimida, dormía a deshoras y no tenía una rutina. Ahora hay una hora para levantarse y actividades durante el día. “El hecho de construir hábitos todos los días nos ayuda con las situaciones psicológicas, a veces con el tema de la depresión, de la ansiedad”, explica.
En la casa también recibe acompañamiento psicológico, social y legal. “Aquí entendemos un poco la parte legal, psicológica y de trabajo social”, cuenta. Para ella, este tiempo también ha servido para mirar hacia su propia familia y pensar en lo que quiere cambiar. “Entendí que a veces hay que podar el árbol genealógico, cortar patrones”.
Fernanda no tiene hijos, pero cuando habla de romper esos patrones piensa en una familia que quizá tenga algún día. “Si en un futuro yo decido tener hijos, no quiero repetir lo mismo”, dice con la voz quebrada.
Andrea (nombre protegido) tiene cuatro hijos. Relata que sufrió violencia física, verbal y psicológica por parte del esposo de su madre. El escenario es parecido: insultos, golpes y amenazas de muerte. La joven relata que su agresor decía pertenecer a un grupo de delincuencia organizada (GDO) y con eso la amedrentaba si ella intentaba defenderse.
Pero el miedo fue cada vez más fuerte. Un día creyó que de verdad su vida y la de sus hijos corría peligro, fue el último episodio en el que el sujeto le repitió que le haría daño con sus supuestas conexiones con el crimen organizado. Agarró lo primero que tenía a la mano y huyó. “Pasé momentos difíciles, tuve que dormir en la calle esa noche”, recuerda.
Después recibió ayuda para llegar a la Casa de la Mujer, espacio a cargo del Patronato San José. Han pasado cinco meses desde entonces y tres de sus hijos permanecen con ella. “No dormía bien, estaba alerta todo el tiempo, poco a poco me fui sintiendo segura”, explica.
Sus hijos juegan en el patio, pero ella no los pierde de vista aunque esté hablando con el equipo de HOY. En la casa todas las funcionarias son mujeres, incluido el personal de seguridad, lo que hace que las 34 habitantes se sientan más cuidadas y sobre todo en medio de un espacio con empatía.
“No tengo esa preocupación de que me va a pasar algo afuera. Aquí me mantengo bastante segura”, dice Andrea.
La Casa de la Mujer es un espacio temporal y Andrea sabe que llegará el momento de salir. Sus hermanos viven fuera del país y con su madre no mantiene contacto por razones de seguridad. “Se convirtió en una agresora porque nunca me apoyó”, comenta.
Todavía no sabe exactamente cuándo podrá salir. Antes tendrá que resolver dónde vivirá con sus hijos y cómo los sostendrá. “No tengo red de apoyo”.
Decidió retomar sus estudios. Ahora se prepara para continuar el bachillerato y quiere que sus hijos también sigan estudiando. “Quiero ser emprendedora de gastronomía y pastelería”.
Lo peor ya pasó. Su mayor inspiración son sus niños. “Trabajar por mis hijos, salir adelante por ellos y que puedan estar bien”.
Las historias de Fernanda y Andrea tienen recorridos distintos, pero ambas quieren reiniciar sus vidas lejos de la violencia. La psicóloga de la Casa de la Mujer explica que algunas llegan con estudios y proyectos personales truncados después de años en los que las tareas de cuidado ocuparon buena parte de sus vidas.
Cocinar, limpiar, mantener la casa y encargarse de los hijos son trabajos no remunerados que demandan tiempo y que, cuando recaen principalmente sobre ellas, pueden reducir sus posibilidades de estudiar, trabajar o generar ingresos propios.
La situación puede mantenerse incluso cuando una mujer tiene un empleo formal o informal. Además de trabajar, explica la especialista, debe recoger a los hijos, preparar la comida, limpiar y hacerse cargo de otras tareas del hogar. Esa sobrecarga puede terminar profundizando su dependencia económica y contribuir a su empobrecimiento.
Al momento de salir de una situación de violencia, entonces, no solo necesita un lugar seguro: puede tener que empezar a construir las herramientas económicas que le permitan sostener una vida fuera de ella.
Hay mujeres que retoman sus estudios y otras que participan en talleres de gastronomía, panadería, belleza y costura, con los que pueden ampliar sus habilidades y explorar alternativas para generar ingresos.
La psicóloga lo plantea también desde la recuperación de los proyectos que quedaron detenidos. “También tienen sueños, tienen metas, tienen ilusiones”, dice.
Fernanda dice que durante años naturalizó lo que ocurría en su casa. La psicóloga explica que reconocer determinadas formas de violencia puede tomar tiempo, especialmente cuando algunas conductas han formado parte de la cotidianidad durante años.
Habla de gritos, malos tratos, bromas hirientes, violencia económica y del uso de los hijos para manipular. Algunas mujeres, explica, comienzan a identificar esas situaciones cuando escuchan otras historias o logran mirar desde fuera aquello que vivieron. “Algo en el cuerpo nos dice ‘no está bien’, porque nos mantienen en este estado de hipervigilancia, nos mantienen en este estado de incomodidad constante”.
Ese reconocimiento ocurre progresivamente. No se trata, explica la especialista, de enumerar de golpe todas las violencias que una persona pudo haber atravesado, sino de acompañarla mientras comienza a identificarlas. “En el momento en el que las empezamos a nombrar, empiezan a existir, porque si no nombramos, no existe”, señala.
Fernanda y Andrea son dos de las mujeres que actualmente permanecen en la Casa de la Mujer. En total, allí viven 34 personas, entre sobrevivientes de violencia y sus hijos e hijas. Solo tres de las residentes llegaron solas.
El espacio funciona desde enero de 2020. La coordinadora de Servicios de Prevención de Violencias de Atención a Víctimas explica que entre las mujeres que han pasado por la casa hay sobrevivientes de tentativa de femicidio.
Los casos incluyen violencia psicológica, física, verbal, económica y patrimonial, sexual y vicaria. Según la coordinadora, la violencia psicológica está presente en alrededor del 60 % al 70 % de los casos, generalmente acompañada de otras formas de violencia.
Cada mujer pasa por una evaluación y recibe un plan de acompañamiento de acuerdo con sus necesidades. El proceso puede extenderse hasta seis meses e incluye atención psicológica, social, legal y educativa, además del trabajo para generar medios de vida. Después de la salida, algunos casos pueden continuar en seguimiento hasta por un año.
Por ahora, Fernanda y Andrea siguen en el espacio y se preparan para enfrentar el mundo nuevamente. Las mujeres que necesiten orientación pueden comunicarse con la línea 1-800 A TU LADO (1-800-2885-23), disponible las 24 horas, los siete días de la semana.



