Filosóficamente, las crisis se deben enfrentar y ser vistas como una oportunidad.
Filosóficamente, las crisis se deben enfrentar y ser vistas como una oportunidad.
Para ello, la teoría sugiere algunos elementos importantes: (i) Entender con claridad la naturaleza y complejidad de la crisis; (ii) Pasar sicológicamente de una mentalidad de escasez o amenaza a una de crecimiento; (iii) Destruir lo viejo para dar paso a lo nuevo (Schumpeter plantea la deconstrucción creativa); (iv) La identificación de nuevas necesidades como oportunidades, y (v) La resiliencia activa y la adaptabilidad: no es sólo mirar la oportunidad, sino actuar y ejecutar.
El trabajo consiste en transformar el dolor o la disrupción en información, foco y acción deliberada.
A partir de esto, se plantea que la situación del sector eléctrico del Ecuador (que es de una crisis continua) se entienda y se gestione como una gran oportunidad que nos una en torno a lograr un cambio positivo y definitivo, un cambio que nazca de la política pública y que involucre y convoque a todos y cada uno de los actores económicos y sociales del país.
Un cambio que persiga como objetivo fundamental sostener el crecimiento económico y el desarrollo social del Ecuador.
Se debe pasar de costosas acciones de mitigación inmediata (racionamientos, dependencia de lluvias y utilización creciente de diésel importado para generación con alto impacto fiscal porque, irónicamente, el 90% del diésel es importado) a una reforma estructural y de modernización energética.
Para eso es importante caracterizar la naturaleza y complejidad de la crisis. Porque tenemos un déficit de generación entre 1300 y 1500 megavatios, a los que podría incrementarse 450 megavatios en noviembre. Esto equivaldría a alrededor del 46% del consumo diario promedio de enero a julio de 2026, es decir 4230 megavatios.
La generación hidroeléctrica cubre habitualmente 70% 80% de la electricidad que consume el país, lo cual determina que la seguridad energética dependa del clima y/o del esfuerzo público para poder importar diésel como fuente de energía, por lo que, en períodos de estiaje, la generación térmica puede llegar a representar hasta 30% de la oferta. Las fuentes de energía renovable alternativas representan menos de 2% de la demanda total.
Y algo que no se mira con atención es el hecho de que las pérdidas comerciales en la distribución de energía (15.86%) y en el sistema de transmisión (4.64%) determinan que en Ecuador, el 20.5% del total de la electricidad inyectada a las redes nacionales se desperdicia antes de llegar a facturarse a los usuarios finales.
Es decir, una tarifa políticamente establecida no cubre los costos asociados a la prestación del servicio de energía eléctrica. El déficit tarifario se acumula año tras año (se estima en alrededor de 600 millones de dólares sólo en 2026), lo cual reduce la capacidad del sector eléctrico de operar y crecer, ya que estos recursos no son asignados desde el Presupuesto General del Estado.
En resumen, esta es una situación que pone en grave riesgo el suministro de electricidad de forma fiable, con menos costo para la sociedad y con incentivos adecuados para la inversión y la transición energética. Esto ya está teniendo crecientes consecuencias negativas en la situación del Ecuador.