Las ballenas azules no aparecieron durante una expedición científica en Galápagos. Entre octubre de 2025 y julio de 2026, investigadores recorrieron zonas donde históricamente se ha registrado su presencia, pero no encontraron ningún ejemplar. La búsqueda coincidió con temperaturas del océano superiores a las habituales, en medio de la alerta frente al fenómeno de El Niño.
El resultado llama la atención frente a los registros de 2025, cuando un monitoreo mensual documentó 45 avistamientos de ballenas azules, con agosto como el mes de mayor concentración. La expedición se desarrolló en aguas de San Cristóbal, Isabela, Fernandina y Santiago, con especial atención al canal Bolívar, una zona reconocida por sus registros históricos de estos cetáceos y su alta biodiversidad marina.
El objetivo era localizar ballenas azules para instalarles transmisores satelitales y comprender mejor sus desplazamientos. Aunque no se consiguió identificar ejemplares durante los recorridos, el equipo recopiló información oceanográfica mediante mediciones de temperatura y muestras de plancton.
¿Qué encontraron los científicos en las aguas de Galápagos?
Las mediciones realizadas durante la expedición revelaron temperaturas elevadas para la época. En la superficie del mar se registraron valores de entre 25,52 y 27,56 grados centígrados, mientras que a 100 metros de profundidad las temperaturas oscilaron entre 19,11 y 19,67 grados.
Durante la temporada fría, que se extiende de junio a noviembre, la temperatura superficial suele mantenerse entre 19 y 24 grados en el archipiélago central y oriental. En el sector occidental, específicamente en los canales Bolívar y Fernandina, los valores habituales se encuentran entre 16 y 22 grados.
Los investigadores también identificaron cambios en la distribución de la temperatura a distintas profundidades. La isoterma de 20 grados, que normalmente se encuentra entre los 20 y 45 metros, apareció esta vez entre los 78 y 96 metros.
Además, la franja de temperatura donde se alimentan las ballenas azules se mantuvo cerca de los 60 metros, por debajo de la capa donde se concentraba el alimento. Es decir, las condiciones de temperatura y la disponibilidad de comida se encontraban a diferentes profundidades.
¿El fenómeno de El Niño está relacionado con la ausencia de ballenas azules?
Los resultados de la expedición se producen en un contexto de condiciones oceánicas inusuales. A finales de agosto de 2026, Ecuador declaró la alerta roja en todo el territorio nacional frente a los posibles efectos del fenómeno de El Niño.
Durante ese período también se reportaron anomalías del nivel del mar de aproximadamente 40 centímetros por encima de los valores habituales en algunas estaciones costeras e insulares.
Pero los investigadores señalan que la información disponible todavía no permite establecer una relación directa. “No encontrar ballenas durante un esfuerzo intensivo de búsqueda no significa que hayan dejado de llegar a Galápagos”, señaló Daniela Alarcón, líder científica de la expedición, profesora e investigadora de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ) y del Galápagos Science Center.
La investigación fue desarrollada por la Dirección del Parque Nacional Galápagos, junto con investigadores de la USFQ y del Galápagos Science Center, WWF Ecuador y especialistas de Oregon State University y University of Wisconsin.
Una ballena azul y su cría fueron vistas después de la expedición
Aunque los recorridos científicos no permitieron localizar ejemplares, a inicios de septiembre de 2026 se reportó el avistamiento de una ballena azul adulta junto a su cría en Punta Pitt, en la isla San Cristóbal.
El registro fue realizado por la guía naturalista Isis Lara y el capitán Edwin Buenaño, a través de la red de ciencia ciudadana Cetácea Galápagos.
Los científicos también señalan que la temporada de observación todavía no ha concluido, por lo que no es posible determinar si existe una modificación permanente en sus movimientos migratorios.
¿Por qué es importante conocer las rutas de las ballenas azules?
Las ballenas azules recorren miles de kilómetros para alimentarse, reproducirse y criar. En el Pacífico Oriental, parte de la población que se alimenta en aguas chilenas migra hacia Perú y Ecuador, aunque buena parte de ese trayecto todavía es poco conocida.
“Para conservar al animal más grande del planeta no basta con proteger los lugares donde logramos verlo. Necesitamos comprender y conservar la ruta completa que hace posible que lleguemos hasta ellos”, afirmó Yacqueline Montecinos, líder de la iniciativa Corredor Azul del Pacífico Oriental de WWF.
Según los científicos, comprender estos desplazamientos permitirá orientar medidas para reducir amenazas como las colisiones con embarcaciones, las interacciones con pesquerías, la contaminación y el ruido submarino.