En 2024 fueron convocados a las urnas cerca de 4.000 millones de personas, en más de setenta países. Nunca habíamos tenido un año electoral de esa magnitud, y todo indica que el ritmo no va a bajar: vienen procesos presidenciales y regionales en varios países de América Latina, las elecciones de medio término en Estados Unidos y otras citas más. Ecuador forma parte de ese ciclo.
Las seccionales todavía están lejos de la papeleta, pero buena parte de la disputa ya se está dando en redes sociales.
Conviene decirlo sin rodeos: lo digital dejó de ser un canal más de las campañas y se convirtió en el lugar donde se hacen. Desde mi trabajo en la academia veo tres cambios que ayudan a entender este escenario.
El primero es el paso del partido a la persona. Antes se votaba por una ideología o por una organización; hoy se vota, sobre todo, por alguien que aparece todos los días en el feed y que se percibe como auténtico. Bukele gobierna desde X, Milei hizo de TikTok una de sus principales tribunas y Claudia Sheinbaum usa YouTube para explicar decisiones en lenguaje cotidiano. En los tres casos el político funciona como marca personal, y el partido queda, muchas veces, en segundo plano.
El segundo es el paso del discurso al dato. Lo nuevo ya no es el spot de televisión sino la microsegmentación: con inteligencia artificial, un mismo candidato puede tener cientos o miles de mensajes distintos para públicos distintos. Varias campañas, la estadounidense de 2024 entre ellas, experimentaron con IA generativa para adaptar un mismo discurso a cada audiencia. Así, “el mensaje de campaña” desaparece y en su lugar quedan millones de microconversaciones simultáneas, personalizadas y muy difíciles de auditar.
El tercero es el paso de la razón a la reacción.
Los algoritmos distribuyen mejor lo que emociona que lo que informa, y por eso las campañas más efectivas suelen ser las que provocan reacción, no las que más explican. Los algoritmos distribuyen mejor lo que emociona que lo que informa, y por eso las campañas más efectivas suelen ser las que provocan reacción, no las que más explican.
Un estudio del MIT mostró que las noticias falsas circulan más lejos y más rápido que las verdaderas: tienen un 70 % más de probabilidades de ser retuiteadas, y las verdaderas tardan unas seis veces más en llegar a 1.500 personas. Un candidato puede pasar meses armando una propuesta y perderla en quince segundos por un video mal editado o un deepfake.
De ahí sale una paradoja: nunca tuvimos tantas herramientas para informarnos y, a la vez, nunca fue tan fácil polarizarnos. En Ecuador ese formato vertical ya marca buena parte de la conversación pública, y lo que no cabe en una pantalla parece no existir.
No tiene sentido pedirle a la política que salga de lo digital; sería pedirle que salga del mundo. Lo que sí podemos exigirle es algo que repetimos en las aulas de comunicación: comunicación asertiva.
En un entorno que premia el grito, la ironía y el ataque, decir “esto pienso, esto propongo” y hacerlo con respeto es lo mínimo que debemos esperar de quien aspira a gobernar, y también lo más difícil. La cultura digital moldea la campaña, pero no tendría que moldear el carácter del candidato. Una campaña cabe en un video vertical; una ciudad, una provincia o un país, no.